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Una asamblea sin vecinos: el oficialismo copó el recinto y la participación real quedó en siete voces

La asamblea anual en Villa Los Aromos dejó un dato contundente: apenas siete vecinos sin vínculo con la Comuna participaron del encuentro. La escena, dominada por empleados y funcionarios, volvió a poner en duda la legitimidad del principal espacio de control ciudadano.

La asamblea anual de Villa Los Aromos terminó confirmando lo que ya se anticipaba: una participación vecinal mínima y una fuerte presencia de actores vinculados a la propia estructura comunal. Apenas siete vecinos sin relación laboral o contractual con la Comuna formaron parte del encuentro, en una jornada que volvió a encender cuestionamientos sobre la calidad institucional del proceso.

Días antes, ya se había advertido sobre la modalidad de convocatoria, donde empleados comunales fueron liberados de sus tareas para asistir, con la indicación de hacerlo sin uniforme y bajo un esquema que, en los hechos, condicionaba su presencia. El resultado fue una sala con asistencia “asegurada”, pero con escasa representación genuina de la comunidad.

Una escena controlada

La falta de participación vecinal no solo se reflejó en los números, sino también en la comunicación posterior. A diferencia de otros años, no se difundieron imágenes amplias del salón, y las pocas fotografías que circularon evitaron mostrar el conjunto del encuentro.

Entre los propios asistentes, la lectura era directa: “parecía más una reunión interna que una asamblea”, deslizaron algunos, en referencia a la fuerte presencia de empleados y a la dinámica cerrada del espacio.

El control del escenario fue tan evidente que incluso la presidencia de la asamblea quedó en manos de un funcionario: el arquitecto Juan Ignacio Capellotto, responsable de regular las obras privadas en la localidad. Su designación llamó la atención, no solo por su rol dentro de la estructura comunal, sino también porque se inscribe en una práctica reiterada de la gestión de ubicar personas de confianza —muchas veces con vínculos cercanos— en posiciones clave dentro de estos espacios.

Acompañamientos sin matices

Otro dato que no pasó desapercibido fue la actitud del secretario por la minoría, Flavio Cobos, quien se mostró entusiasmado con el informe de gestión y acompañó cada uno de los puntos expuestos por el oficialismo sin plantear objeciones ni abrir debates sobre temas sensibles.

En un contexto donde la asamblea debería ser un ámbito de contraste de ideas y control político, la ausencia de cuestionamientos desde la propia representación minoritaria refuerza la sensación de un espacio sin tensión institucional ni debate real.

Entre logros propios y méritos ajenos

Durante la exposición, la gestión destacó una serie de avances y obras. Sin embargo, varias de esas menciones volvieron a abrir discusiones. La red de fibra óptica fue presentada como un logro comunal, pese a tratarse de una iniciativa impulsada por el sector privado.

La obra de gas, por su parte, volvió a quedar en el centro de la escena. Persisten cuestionamientos sobre la primera etapa, donde se señala que funcionarios —incluido el propio presidente comunal— habrían sido beneficiados con ampliaciones fuera del trazado original sin asumir costos, mientras que en etapas posteriores se trasladan gastos elevados a los vecinos.

Una asamblea que pierde sentido

El dato de fondo es claro: cuando la participación real se reduce a un puñado de vecinos y el resto del espacio es ocupado por empleados y funcionarios, la asamblea pierde su esencia.

Más allá de los discursos, la legitimidad se construye con pluralidad, apertura y condiciones que permitan la expresión libre de la comunidad. Sin esos elementos, el encuentro deja de ser un espacio de control ciudadano y se transforma en una formalidad que valida decisiones ya tomadas.

En Villa Los Aromos, la última asamblea no solo expuso esa tensión: la dejó en evidencia.