El tren que ya no pasa: Córdoba pierde conectividad y quienes menos tienen pagan el costo
La decisión de suspender los servicios ferroviarios de pasajeros de larga distancia a Córdoba deja sin una alternativa fundamental de transporte a miles de personas. En un contexto de precios altos y reducción de servicios públicos, la medida agrava la brecha de acceso para los sectores populares.
En las últimas horas, se confirmó la suspensión de los servicios ferroviarios de pasajeros de larga distancia a Córdoba, medida que se extiende a otros ramales regionales y que no tiene fecha concreta de restablecimiento. La decisión impacta directamente en miles de personas que dependían del tren para trasladarse entre provincias por razones laborales, familiares o económicas, poniendo en evidencia la crisis del transporte ferroviario nacional y sus efectos en el interior argentino.
El gremio ferroviario La Fraternidad denunció que la justificación oficial —obras de mantenimiento tras un descarrilamiento en septiembre— terminó transformándose en una excusa para no reponer la circulación de los trenes, lo que a su juicio configura un lock-out del transporte ferroviario de pasajeros. Esto deja sin alternativa de bajo costo a quienes, por ejemplo, viajaban a Córdoba o Tucumán con pasajes pagados con anticipación.
Para muchos usuarios, el tren nunca fue solo un medio de transporte: fue una opción que permitió acceder a educación, trabajo y servicios con tarifas populares. En tiempos donde los pasajes de colectivo y avión resultan prohibitivos, la pérdida del tren obliga a buscar alternativas más caras o imposibles para sectores con menores ingresos.
Históricamente, el sistema ferroviario argentino fue una columna vertebral del transporte de largo recorrido. En los años noventa, cuando la mayoría de los servicios fue concesionado, las formaciones alcanzaban velocidades promedio cercanas a los 90 km/h, manteniendo relevancia incluso con déficit operativo. Hoy, en el mejor de los casos, los trenes de pasajeros circulan a velocidades reducidas —alrededor de 30 km/h— e incluso menos en servicios de carga, donde a veces apenas alcanzan 20 km/h, deteriorando la competitividad y la calidad del servicio.
