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La crisis existencial del cordobesismo bifronte

El fracaso de Provincias Unidas expuso la interna en el peronismo cordobés y abrió un escenario casi inédito: la chance de un liderazgo monolítico.

El cordobesismo todavía no sale del shock.
La derrota por más de 14 puntos frente a los libertarios en las Legislativas —con una lista armada entre Juan Schiaretti y su sucesor Martín Llaryora— dejó heridas profundas. Golpeó el ego del tres veces gobernador y su viejo manual de campaña, reciclado una vez más bajo la etiqueta de Provincias Unidas.

El experimento del “tercer vértice” que imaginaba Guillermo Seita se evaporó antes de tocar el suelo. El votante descreyó, otra vez, de la “avenida del medio”. Esa autopista imaginaria que el schiarettismo juraba haber abandonado, pero a la que volvió sin GPS y con el tanque vacío.


El fin del mando compartido

La caída encendió algo más que enojo: un síndrome de orfandad política.
Por primera vez, el cordobesismo enfrenta la posibilidad de un liderazgo único, sin el equilibrio histórico del mando bifronte.
Primero fue De la Sota–Schiaretti; luego Schiaretti–Llaryora; y ahora el modelo tambalea frente a la tentación del joystick único.

Entre el fundador y el heredero ya no hay abrazos.
El schiarettismo sospecha que en la recta final de campaña se pisaron recursos, se reguló la territorialidad y se soltó el timón.
Del otro lado, el llaryorismo retruca: hablan de “kirchnerización” de Natalia de la Sota y cierran filas para evitar una sociedad que podría mutar en competencia interna.


La oposición mira y se relame

Mientras tanto, la oposición cordobesa toma nota y hace cuentas.
Desde el juecismo hasta los libertarios, todos coinciden en que Llaryora fue uno de los beneficiarios del derrumbe de su antecesor.
El razonamiento es simple: la derrota de Schiaretti frena su proyección nacional y abre espacio local.

El frente opositor hoy combina a Luis Juez, Rodrigo de Loredo, Gabriel Bornoroni y Roca, en un mosaico de egos que se promete “a menos de tres cafés” de sellar un acuerdo rumbo al 2027.
La unidad, en Córdoba, siempre es un concepto de duración limitada, pero esta vez la mesa parece servida.


Capital, Panal y pase de facturas

En el territorio, los tironeos ya se sienten.
El intento de Llaryora de marcar terreno en la gestión del intendente Daniel Passerini chocó con una respuesta que dolió:

“En 2021, el peronismo sacó 33 puntos menos en la ciudad”, recordaron desde el Palacio 6 de Julio.
Dato no menor: el intendente de entonces era el propio Llaryora.

En la Provincia, el clima es igual de espeso.
Las fricciones con la vicegobernadora Myrian Prunotto sumaron decibeles luego de que circularan audios con insultos hacia su figura desde despachos del Panal. La radical se sintió hostigada y pidió cabezas.

Entre tanto reproche, el gobernador analiza mover el tablero antes de diciembre, su mes preferido para “oxigenar” gestiones.
El problema es el de siempre: hay que pagar, pero no está claro con qué, ni a quién, ni cuánto.


Un modelo en terapia

El cordobesismo, que siempre se jactó de su equilibrio y de su orden interno, hoy atraviesa su crisis más profunda desde 1999.
Schiaretti ya no controla el centro del ring.
Llaryora lo habita, pero todavía no lo llena.
Y en los bordes, los libertarios y el juecismo afilan los cubiertos para 2027.

El modelo que se vendía como ejemplo de previsibilidad hoy vive su momento más inestable.
Y si algo queda claro, es que el cordobesismo bifronte ya no sabe con qué cara mirarse al espejo.

Fuente: La Política online

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