De sostener la clase media a alimentar la pobreza: Córdoba entra en zona de alerta
Cada vez más familias que antes llegaban a fin de mes hoy dependen de la asistencia estatal. Para fin de año, cerca de 330 mil chicos comerán en las escuelas. En Paravachasca, el impacto ya se siente en cada barrio.
Córdoba empieza a mostrar un cambio silencioso pero profundo: la clase media, históricamente sostén del entramado social, comienza a correrse hacia una zona cada vez más frágil. El dato más contundente es también el más incómodo: para fin de 2026, alrededor de 330 mil chicos dependerán del sistema alimentario escolar para poder comer todos los días.
No se trata solo de un número. Es una señal clara de un proceso que viene avanzando sin pausa: familias que hasta hace poco podían sostener su vida cotidiana hoy necesitan asistencia básica.
La nueva cara de la crisis
El crecimiento de la demanda en comedores escolares no responde únicamente al aumento de la matrícula. Lo que aparece con fuerza es otro fenómeno: chicos que ya estaban dentro del sistema educativo pero que ahora necesitan comer en la escuela porque en sus casas no alcanza.
Es el reflejo más directo de una economía que ajusta por abajo.
La clase media baja —esa que pagaba impuestos, sostenía el consumo y muchas veces incluso colaboraba con otros— hoy empieza a ocupar el lugar de quienes necesitan ayuda.
Paravachasca: el impacto donde más se siente
En el Valle de Paravachasca, esta transformación no necesita estadísticas para hacerse visible. Se percibe en las escuelas, en los barrios y en la economía cotidiana.
Municipios como Anisacate, Villa Los Aromos o La Bolsa combinan salarios bajos, empleo informal y un costo de vida que no deja de subir. En ese contexto, el comedor escolar deja de ser un complemento y pasa a ser una necesidad.
Lo que antes era una red de contención para sectores vulnerables hoy empieza a ser un sostén para sectores que estaban, hasta hace poco, fuera de esa realidad.
Cuando el problema deja de ser marginal
Que cerca del 40% de los estudiantes dependa de la asistencia alimentaria no es un dato aislado: es un cambio estructural.
Habla de una sociedad que se empobrece desde el centro hacia los bordes, y no al revés.
En Paravachasca, donde muchas familias viven del turismo, del trabajo informal o de ingresos variables, el deterioro se acelera. Cuando cae el consumo, cae todo lo demás.
La política frente al espejo
El desafío ya no es solo sostener programas alimentarios, sino entender por qué cada vez más gente necesita recurrir a ellos.
Porque cuando la escuela pasa a ser el lugar donde se garantiza la comida, algo más profundo está fallando.
La pregunta de fondo no es cuántos chicos van a comer en las escuelas, sino por qué sus familias ya no pueden garantizarlo.
Y ahí es donde la política tiene que dejar de administrar la emergencia para empezar a hacerse cargo de las causas.
